الثلاثاء، 1 مايو 2012

¿Regresaría?

¿Regresaría?



Acontecimientos y acontecimientos pasan sucesivamente en nuestras vidas. Algunos se nos hacen difíciles de olvidar, y otros ni tienen el valor para recordar. Y en medio de las olas, siempre ansiamos a lo mejor.
¿Cuál es el objetivo de la vida? ¿Por qué siempre tenemos que aguantar tanto sufrimiento? Y, para variar, ¿por qué hay tantos sufrimientos en la vida? Injusticia, enfermedad, ancianidad – que es un puro sufrimiento – guerras, pobreza… etc. etc. Y ¿cómo con tantos sufrimientos, hay muchas personas que no ven nada de eso? Viven la vida en rosa, desde su nacimientos se llevan esos collares amarillos, y sus sueños son órdenes.
En el tiempo de los griegos, parecía que había muchas personas que pensaban lo mismo. Entre ellas se cuenta el sabio Platón. Para quienes no lo conocen, Platón fue uno de los filósofos griegos que creó – en su imaginación – una ciudad de puras morales, donde no había injusticias ni nada de las características que – lamentablemente – marcan nuestro mundo. Se llama la Utopía.
Desde el momento en el cual Platón formó la idea de la Utopía, la gente la anhelaba deseando huir del presente cruel. Pero con la naturaleza humana que siempre eleva la riqueza y desprecia la pobreza, nunca pudo ser realidad.
Llegó el año 1453, y Grecia fue abierta a manos de los otomanos. Se mezclaron los gentilicios, entre árabes, griegos y otros. Y ahí se quedaron a lo largo de casi 4 siglos, hasta el año 1822, cuando se revolucionó la gente de Grecia y se independizó con su tierra.
Pero vamos a regresar unos años atrás. El año 1458, cuando se formó el ejército otomano de muchas personas de muchos países. Entre ellas hubo personas que todavía pensaban en la Utopía platónica, y entonces odiaban las guerras y la sangre derramada. Y a lo contrario, hubo personas quienes consideraban las guerras un deber santo. En medio de las multitudes de ambas sectas, se encontró el joven Hussein.
Hussein fue un joven moreno, de características tranquilas. Era de estatura alta y de hombros anchos. De su rostro, no se podía saber si estaba triste o feliz, pero si ibas adentro, se vería un montón de cuestiones, deseos y pensamientos. Le marcaba su afición a la lectura, y su anhelo a la Utopía. Odiaba todo lo que le pasaba… no entendía las razones de hacer guerras, porque no le parecía buena razón el "querer dominar".
Algún día de aquellos que no fueron mencionados por la historia, Hussein decidió salir del país. El día antes habían llamado a la guerra por la mañana, y ya estaba harto de todo eso. Pasó la noche ansioso y triste… ya dejaría a su familia y a sus ciudadanos, pero su objetivo se lo merecía. Se llevó todo lo que pudo de comida y de agua, y salió de la ciudad mirando atrás extrañando a su familia, y dejando todas las cosas que no soportaba, y mirando delante hacia un futuro deseado y otro dolor esperado.
Mes tras mes, país tras país, y Hussein viajaba sin parar. Finalmente llegó a España, específicamente a Barcelona, y siguió hasta que llegó a Andalucía. Allí, en Andalucía, fue su primer encuentro con su amigo Ziad.
Ziad era un joven rubio, con cejas finas y, contrariamente, bigotes pesados. Tenía casi la misma altura de Hussein, pero con unas características duras de rostro. Era de las personas que fueron nacidas en Andalucía muchos años después de la conquista islámica. Sufría una vida miserable llena de injusticia y depresión en los últimos años de la gobernación musulmana en Andalucía, varios años antes de la rendición de Granada. Era huérfano, no tenía nada que perder, y al mismo tiempo compartía con Hussein sus aficiones. Igual que a Hussein, le encantaba la idea de la Utopía de Platón y quisiese implantarla de algún modo en algún lugar.
Ambos jóvenes decidieron viajar hacia la frontera. Ahí había un estrecho entre Europa y África (España y Marruecos) llamado el Estrecho de Gibraltar. Y en ese lugar acordaron empezar con su proyecto de formar una Utopía real, con unas leyes estrictas, quien las violaba se expulsaba, y quien quería vivir ahí debía pasar de unos exámenes difíciles. El primero que pasase de todas las pruebas, la ciudad llevaría su nombre por siempre.
En Andalucía Hussein se casó con una andaluza, y cruzando la frontera, en Marruecos, Ziad se casó con una marroquí. Y comenzaron a criar a sus hijos a lo mejor que pudiesen.
Año tras año, y nadie de los que intentaban pasar los exámenes lo pudo.
Pasaron los siglos, pero nada cambió.

El año 2013
-          Oye, ¿has escuchado de la Utopía en ese Estrecho de Gibraltar? La gente suelen llamarla "Melancolía" porque nadie la pude entrar hasta ahora – dijo Haizam mientras practicaba clavados con su amigo Carlos.
Los dos bucearon en la piscina enorme que medía 50 metros.
Eso fue en uno de los clubes de Granada, la ciudad española, a donde Haizam había viajado a pasar las vacaciones con su amigo Carlos, al cual conoció desde hace muchos años a través de internet.
-          Sí, nada de ella fue mencionado en la historia… quisiese saber cómo vive la gente por ahí – dijo Carlos.
-          Eso es simple mi buen amigo, dependerse de sí misma. Pero lo que realmente me extraña, es cómo que nadie pudo pasar por los exámenes… y de hecho, ¿por qué hacen exámenes? – dijo Haizam.
-          Bueno no sé… lo que pasa es que tienes que pasar por cada pueblo de la ciudad y ahí pasas como diez días o algo así – dijo Carlos.
-          ¿Y qué? ¡¿Es eso muy difícil?! – preguntó Haizam exclamando.
-          No no, por supuesto que no. Pero según entendí, tienes que pasarte por todos los sufrimientos humanos en cada uno de los pueblos. Pero en la mayoría de las veces o si se termina tu vida en el camino, o si regresas a tu país con manos vacías. Pero si pasas, pues vas a descubrir finalmente cómo es la Utopía y ahí podrías vivir – contestó Carlos.
-          Mmmm muy interesante. Me parece muy tonto intentar, sin embargo es una competición digna del intento.
Se veía clara la insistencia de Haizam en ir al estrecho. Su amigo Carlos intentó persuadirle que no fuese, pero ya no pudo.
Entonces, sin tardarse, Haizam juntó algo de sus cosas, y viajó hacia el Estrecho. El avión llegó a El Cabo del Trafalgar muy tarde, así que pasó la noche en el aeropuerto y a primeras horas de la mañana, salió hacia la ciudad. Llegando, vio saliendo a muchas personas, algunos se veían árabes y otros rubios occidentales. Pero lo que les unía es la desesperación que les pintaba los rostros. Viéndolos se llenó de entusiasmo de hacer lo que ellos no pudieron. Adentro se burlaba de ellos, porque sentía como si fuese un juego divertido y no entendía cómo que nadie pudo vencer.
En fin, timbró las campanadas de la ciudad, le abrieron y le preguntaron por lo que quería. Les dijo que deseaba ver la Utopía de adentro. Le pidieron que dejase todas sus cosas afuera, y que pasase al primer pueblo a la derecha.
Lo hizo, y entrando al primer pueblo, le pidieron que quitase su ropa y que pusiese otra usada y con hoyos. Y luego que fuese a trabajar como jornalero en un empleo pobre en el pueblo. Así pasaría los primeros diez días.
Para una persona como Haizam, fue demasiado cruel que viviese tan pobre que apenas podía conseguir su pan del día. Pues había nacido en una familia rica que le conseguían todo lo que soñaba… así que, terminando los diez primeros días, sufrió un deterioro de salud por la falta de comida y de sueño, además del frío y la falta de ropa. Se acordó mucho del pobre hombre que siempre había tratado mal, y por adentro se prometió compensarle al regresar a su país.
Pasó el primer examen, y llegó la hora del segundo. Le llevaron a otro pueblo pequeño que sufría desorden e injusticia de sus gobernantes. Le dijeron que debía defender de su pueblo que, por la causa de su decadencia, era por ser invadido. Vivía preocupado, ansioso y triste. Con cada toque de la puerta, contaba los segundos que le quedaban en la vida. Y, al igual del primer examen, hubo falta de comida y de dinero.
Pasaron los diez días, y al final sufría un dolor psicológico horrible. Se acordó de lo que leía en las noticias, los videos que veía y nunca hacía caso. Se dio cuenta que vivía tal como los animales, comía, bebía, paseaba y dormía.
El tercer examen… una camilla en un hospital, debía acostarse en ella 24 horas en las 24 horas. Le dieron dinero, hijos, comida y todo, pero le dijeron que nunca podría dejar la camilla porque tenía una enfermedad grave. Diez días, no valía el dinero, ni valían los hijos que le iban a ver media hora cada tres días, ni siquiera valían las lágrimas que derramaba diario, más cuando se acordaba de su abuelo fallecido que nunca quiso preguntar por él ni por lo menos consolarle en el hospital.
Y así fueron los exámenes, uno por uno. Un pobre, un enfermo desahuciado, un guerrero, un niño huérfano discapacitado, un padre con diez hijos, un enamorado sin esperanza a casarse, un pasajero sin meta ninguna, un padre que perdió a su hijo, un preso de la injusticia… etc., entre otros sufrimientos que padece la humanidad. Sin embargo, Haizam demostró su fuerza y su poder a pasarlo todo.
Se acabó el último examen. Haizam miró las puertas de la ciudad con sus ojos preguntando "¿regresaría?". Muchas cosas pasaron por su mente en ese instante. Quería correr y cruzar la puerta para decirle al pueblo que pudo pasar todos los exámenes, y al mismo tiempo quería regresar a su país para recuperar lo que había roto, satisfacer a quien había enojado, consolar a quien había perdido y pedir perdón a quien había descuidado. Quería pedirles a todos que fuesen a hacer las pruebas de la Utopía, tal vez se diesen cuenta de lo malo que cometían.
Pero la vida no le dio suficiente tiempo para hacer todo eso.
Reía, lloraba, corría, imaginaba, sonreía, contemplaba… todo a la vez.
De repente se cayó… ¡muerto!
Y en la puerta de la ciudad, se colgó un cartel de madera donde decía:
"La Ciudad de Haizam"